Los cigarrillos electrónicos (vapes) están bajo una intensa revisión científica, con expertos alertando sobre un probable aumento del cáncer y otros graves efectos en la salud. Aunque a menudo se perciben como una alternativa más segura al tabaco tradicional, los aerosoles de vapeo contienen una compleja mezcla de sustancias tóxicas y potencialmente carcinógenas, como nicotina, metales pesados, compuestos orgánicos volátiles y aldehídos como el formaldehído. Estas sustancias pueden causar daño en el ADN, estrés oxidativo e inflamación, elevando el riesgo de mutaciones que conducen al cáncer, particularmente en la boca, los pulmones, la garganta y el cuello.
La preocupación se intensifica al considerar que un consumidor habitual puede realizar más de 70.000 inhalaciones al año, exponiendo continuamente su organismo a estos químicos peligrosos. Los expertos también señalan efectos «silenciosos» en la salud oral y pulmonar, especialmente en los jóvenes, incluyendo problemas respiratorios crónicos y daño a los tejidos. A pesar de la falta de estudios a muy largo plazo, la evidencia actual es contundente y advierte sobre los peligros del vapeo, contradiciendo la percepción de inocuidad y la narrativa de reducción de daños.