Donald Trump ha intensificado sus críticas a la OTAN, calificándola de carga para Estados Unidos y demandando que los países miembros aumenten significativamente su gasto en defensa, incluso hasta un 4% del PIB. El expresidente ha manifestado su intención de dar los primeros pasos para retirar o reducir drásticamente la participación de Estados Unidos en la alianza si es reelegido, explorando mecanismos para ello, como el nombramiento de un enviado específico. Esta postura genera tanto la alarma entre los aliados europeos, que temen por su seguridad, como la esperanza entre sectores aislacionistas dentro de EE. UU.
Una posible salida estadounidense de la OTAN sería vista como un grave debilitamiento de la alianza, potencialmente beneficiando a potencias rivales como Rusia y China, y mermaría la influencia global de Washington. Aunque el Artículo 13 del Tratado del Atlántico Norte permite a un miembro retirarse con un año de antelación, la legislación estadounidense reciente y la interpretación legal actual indican que un presidente no puede efectuar una retirada unilateral sin la aprobación del Congreso, especialmente del Senado, lo que convierte cualquier intento en un proceso complejo y con importantes obstáculos legales y políticos.