El estrés crónico, resultante de vivir bajo presión constante, tiene graves repercusiones tanto físicas como mentales, asociándose con un aumento sostenido de cortisol que afecta múltiples sistemas del cuerpo. Entre sus consecuencias se incluyen problemas cerebrovasculares como accidentes cerebrovasculares e infartos, hipertensión, deterioro del sistema inmunitario, trastornos digestivos, alteraciones del sueño, dolores de cabeza y musculares. A nivel mental y cognitivo, puede causar ansiedad, depresión, irritabilidad, dificultad de concentración, problemas de memoria y contribuir a enfermedades neurodegenerativas, así como a procesos inflamatorios.
Expertos también destacan la estrecha relación entre el estrés crónico y la microbiota intestinal, cuya alteración impacta directamente la salud mental y física. Para mitigar estos efectos, se recomiendan hábitos como el ejercicio regular, una dieta equilibrada rica en alimentos que beneficien la microbiota, asegurar un sueño adecuado, practicar técnicas de relajación (meditación, respiración profunda), establecer límites claros en la vida diaria, buscar apoyo social y, cuando sea necesario, asistencia profesional.